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Del 22 abril al 20 junio

Exposiciones

Flor de mayo

Sala A

Flor de mayo es el segundo episodio del ciclo Un rastro involuntario, que comisaría This is Jackalope en la Sala A durante 2021.

En esta ocasión, la propuesta de las comisarias presenta a los artistas David Horvitz y Javier Cruz, que comparten la capacidad de comunicar ideas complejas a través de piezas que a primera vista parecen sencillas. En ambos casos, enfrentarse a su obra es como enfrentarse a la vida; caracterizada por una aparente cotidianeidad, su obra conecta al espectador con la esencia de pensamientos profundos mediante gestos de gran carga poética.

Flor de mayo es una conversación que transita entre esos gestos poéticos, materializados en objetos e intervenciones en espacios específicos que plantean una aproximación a cuestiones filosóficas, como la dimensión espaciotemporal, los ciclos de la vida o la percepción del mundo que nos rodea; en definitiva, nuestra propia existencia.

En su obra El mar que nos rodea, la bióloga marina y conservacionista estadounidense Rachel Carson (1907-1964) nos recuerda que los griegos clásicos entendían el océano como un enorme río que circundaba el mundo y marcaba el fin de la Tierra y el comienzo del cielo. Según el geógrafo Posidonio (ca. 135-51 a.C.) el océano no tenía límites y se extendía hasta el infinito. Con la idea de grabar el sonido del océano Pacífico de forma simultánea desde dos puntos geográficos distintos, Horvitz y Cruz se citaron el día 5 de enero del 2021; Horvitz desde Los Ángeles (California), en el Pacífico Norte, y Cruz desde Concón (Chile), en el Pacífico Sur (en idioma mapudungún, con con significa “encuentro de aguas”). Así, en un intento de comunicación pre-lenguaje, David y Javier proponen, usando al océano como médium, una inmersión para una escucha de otra forma imposible. Nos encontramos entre dos hemisferios, el boreal y el austral, calibrando nuestra propia escucha de acuerdo a la posición que mantenemos en el espacio cuadrafónico, percibiendo por momentos un sentimiento en el que parecen borrarse las fronteras entre el yo y el mundo.

El título de la exposición, Flor de mayo, se traduce tanto en una fragancia que inunda el espacio expositivo como en una historia que habla de los flujos migratorios, no sólo de personas sino también de las plantas y especies que se han desplazado de unas partes del mundo a otras, con los océanos como testigos y conductores. Mayflower [Flor de mayo] es el nombre del barco carguero que transportó a los primeros colonos anglosajones que se establecieron en Massachusetts (Estados Unidos) en 1620. Colonos que llamaron también mayflower a la Epigaea repens, la primera planta que vieron florecer en primavera tras su duro primer invierno en la costa este de Estados Unidos. Quedaron así con el mismo nombre dos variedades diferenciadas de la planta mayflower: la que daba nombre al carguero, comúnmente conocida como espino blanco en español y que predomina en toda Europa, el noroeste de África y el oeste de Asia, y la flor salvaje que encontraron los primeros peregrinos en Estados Unidos. La abuela de David Horvitz, que emigró desde Japón a la costa oeste de Estados Unidos, mantiene desde hace años una mayflower en el jardín de su casa; en este caso se trata de una plumeria, especie endémica de México, Centroamérica, el Caribe, Florida y Brasil a la que también se conoce por el nombre de flor de mayo o frangipani. De esta misma planta llegó un esqueje hace pocos años a España a través del comisario Alex Alonso Díaz, quien la trasladó al patio de su abuela en Cantabria, donde prosperó y floreció. La esencia Flor de mayo de la Sala A ha sido creada a partir de la descripción de la abuela de Alex del olor de dicha flor.

Los relojes y los banners de David Horvitz juegan a romper las convenciones temporales ofreciendo otras sincronizaciones posibles, como los minutos que marcan la duración de una respiración, los segundos acompasados con los latidos de un corazón o un reloj que simplemente se queda dormido. La percepción del tiempo y el espacio ha sido (y es) cuestionada y analizada con el fin de encontrar una explicación que ha dado lugar a multitud de teorías. Ese fue el caso del teólogo y filósofo Tomás de Aquino (1225-1274), que distinguía entre tiempo imaginario y tiempo real (histórico); de Maimónides (1138-1204), que afirmaba que el tiempo para existir depende del movimiento; o de Kant (1724-1804), quien apuntaba al tiempo como una representación necesaria que subyace a todas las intuiciones. En Contar es escuchar, Ursula K. Le Guin (1929-2018) nos recuerda que todos los seres vivos somos osciladores —palpitamos y nos movemos rítmicamente— y, como tales, marcamos el tiempo coordinando millones de frecuencias de oscilación, tanto en nuestro cuerpo como con nuestro entorno.

El Sol y la rotación de la Tierra también marcan el paso del tiempo. Es en ese paso del día a la noche donde se centra Javier Cruz con su pieza Sol y luna; un baño de luz tan bello y romántico como tóxico. Multitud de tardes madrileñas se caracterizan por los tonos entre anaranjados y rojizos derivados del efecto de la luz al atravesar los gases nitrosos del aire contaminado. Javier y el químico Alejandro Gómez Pérez han estado experimentando con nitratos expuestos a la temperatura exacta, generando una descomposición lenta, una metáfora física y química de estos atardeceres recogidos en cristales que actúan como filtros en la luz de la sala; una especie de alquimia productora de un tiempo particular, de un paisaje, de una convención, con el nitrato de plata caliente convertido en gas nitroso que asciende al cielo, participando del atardecer, y el óxido convertido en plata que desciende hacia el suelo en forma de pendiente. Una especie de cata del tiempo, de producción de un gerundio que no pertenece al momento en el que acontece, ya que tiene además dos lados: uno que apunta al pasado, o potencial del material, y otro al futuro, o residuo. Un rastro.

Entramos en el espacio y la luz nos tiñe de naranja, convirtiéndonos en atardecer. Así lo predice la frase-obra de Horvitz —Watching you become the sunset [Mirando cómo te conviertes en atardecer]— taladrada en la pared por Cruz, por cuyos agujeros se filtra la luz del sol que ahora atraviesa libremente las ventanas y el muro de sala A. Frente a la frase iluminada encontramos un eclipse de luna solidificado en otra pieza de Javier que refiere a unas pupilas. Papel fotosensible, de haluro de plata, revelado por la luz cambiante del eclipse lunar que, troquelado y colocado como pupilas del autor, revela una sutil coreografía de dicho movimiento, un aumento de las pupilas mientras la luna decrece.

Flor de mayo plantea un recorrido sensorial por una dimensión espaciotemporal que ha sido dinamitada. Gestos y rastros que nos intentan guiar por una deriva dentro de una fábula experiencial, percibiendo el mundo como una totalidad orgánica en la que todo se interrelaciona: el sentimiento oceánico. Paisajes y rastros continuos en los que el atardecer deja paso a la noche, a la caída del sol y el emerger de la luna entre medias, y un eclipse.

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